martes, 24 de septiembre de 2013

Primeros Navegantes (parte 2)

Capítulo 2

Los Vikingos


Los bárbaros nórdicos pusieron pie en América cuatro siglos antes que Cristóbal Colón. Haciendo de los mares un camino real y de los ríos, senderos, los “Hombres del Fiordo” conquistaron casi media Europa entre los siglos IX y XI.

INTRÉPIDOS MARINOS: Los vikingos no vacilaron en aventurarse a vela y remo en frágiles embarcaciones, por mares desconocidos y por los ríos navegables de Europa

Uno de los pueblos de navegantes más notables, no sólo de la Edad Media, sino que de toda la historia del mundo, fue el de los "hombres del Norte" o normandos, más conocidos como vikingos, palabra que literalmente en antiguo escandinavo significa "el que frecuenta un fiordo". Procedían de las regiones escandinavas, Suecia, Noruega y Dinamarca, y constituyeron el más importante núcleo de invasores, que cual manga de langostas se lanzó sobre el continente europeo durante el transcurso del siglo IX, tras el desmembramiento del Imperio carlovingio. Los vikingos eran muy semejantes a los bárbaros germanos que habían convergido sobre Roma en siglos pasados, tanto racialmente como en los aspectos de organización social, religión y costumbres. Sin embargo, la gran diferencia con aquéllos fue que sus hordas guerreras operaban fundamentalmente por mar.

Ante todo, los vikingos fueron intrépidos marinos que, en frágiles naves de unos 25 metros de largo y con tripulaciones de 60 hombres cada una, no vacilaron en aventurarse a vela y remo por los mares del Norte e introducirse en los grandes ríos navegables de Europa, realizando asaltos rapidísimos que les permitían retornar a sus tierras cargados de botín. Pero muy pronto estos osados aventureros dejaron de lado los apresamientos en el mar y comenzaron a saquear las ciudades costeras, instalándose en ellas y emprendiendo la conquista de los países en que habían desembarcado. Y como si esto no les bastara, abordaron seguidamente empresas náuticas de largo aliento, descubriendo nuevas tierras hacia el occidente y llegando incluso a realizar la portentosa hazaña de atravesar el Atlántico y poner pie en tierras americanas, nada menos que cuatro siglos antes de que Cristóbal Colón llegara a América.

LOS BARBAROS NÓRDICOS

Cuando en el curso del siglo IX los escandinavos infestaban las costas de Europa Occidental practicando en gran escala la piratería, el término "vikingo" pasó a ser sinónimo de pirata o "parásito del mar", sustituyendo esta nueva acepción al significado etimológico de hombres del fiordo. Sin embargo, lejos de ser vulgares bandidos, los vikingos representaban a la joven aristocracia escandinava y poseían sus propias leyes, así como evidenciaban también un alto grado de sentido de gobierno y de disciplina. Asimismo, no todos los pueblos escandinavos pueden ser considerados en rigor vikingos, puesto que existían también entre ellos labradores que cultivaban tranquilamente sus tierras sin salir de sus patrias, preocupándose poco de las depredaciones de sus fieros hermanos. En definitiva, los vikingos se vieron impelidos a surcar los mares por lo superpoblada que se hallaba la pobre y montuosa Escandinavia, así como por los hábitos piratescos ancestrales desarrollados a través de siglos de morar a orillas del mar.

Mientras los pueblos germanos habían avanzado lentamente por tierra, los vikingos hicieron del mar un camino real, y de los ríos, senderos. Esto no significó que en tierra firme no fueran igualmente efectivos, ya que cuando querían operar en ella, cogían caballos y movíanse velozmente por el interior de los países, cual consumados jinetes. No obstante el elemento líquido constituyó de preferencia el gran escenario de sus proezas. En sus largas naves abiertas, de altas proas, velas cuadradas, numerosos remos, y bordas de las cuales pendían los escudos de los combatientes, los vikingos efectuaban viajes increíbles, iniciando su vida en el mar a muy temprana edad, a veces a los doce años.

MASCARON DE PROA. La imagen de un feroz animal iba ahuyentar, según los vikingos, a los pueblos del litoral y a los crueles piratas del Norte

Las "sagas" o tradiciones heroicas y mitológicas de la antigua Escandinavia describen a los vikingos como"hombres corpulentos y rubios, fuertes y duros de corazón, potentes y siempre victoriosos guerreros, de fiera mente, adustos, y cortos en palabras". Así, no fue extraño que su aparición atemorizase en tan alto grado a los habitantes de las costas inglesas y francesas, sobre las que se dirigieron las mayores ofensivas vikingos. "De la furia de los normandos líbranos, Señor", fue el rezo más socorrido de los sacerdotes ingleses de aquellos tiempos, que debieron lamentar la destrucción de sus monasterios y la pérdida de cuantiosas cantidades en plata y oro, botín predilecto de los bárbaros nórdicos.

LOS DIOSES VIKINGOS

Primitivamente los vikingos fueron paganos y sacrificaron animales y aun seres humanos a sus dioses, de quienes tenían en sus templos imágenes en madera. Más tarde fueron convirtiéndose al cristianismo, a contar del momento en que los daneses, por su tratado con Alfredo de Inglaterra, en 878, consintieron en ser bautizados, hasta fines del siglo XI, en que el paganismo había desaparecido casi por completo de entre ellos. Los mitos de sus dioses, así como las sagas o epopeyas de sus héroes, se fueron transmitiendo verbalmente por sus bardos de generación en generación, hasta que los intelectuales islandeses del siglo XIII los transcribieron al fin. Constituyen en su conjunto un magnífico legado de la literatura nórdica, comparable en majestuosidad y belleza a las leyendas de los griegos.


EXCAVACIONES ARQUEOLÓGICAS. Las investigaciones han dado a conocer restos de naves vikingos mediante las cuales se ha podido saber exactamente la forma como construyeron sus embarcaciones.

Los mitos nórdicos se remontan al principio de las cosas, relatando la lucha entre los dioses y los gigantes (las fuerzas del mal) y aludiendo al gran fresno, Igdrasil, el árbol de la existencia, siempre verde, cuyas tres raíces nacen en el mundo subterráneo y cuyas ramas alcanzan hasta Asgard, la ciudad de los dioses, que cubren con su sombra. En las estancias de esa ciudad o Walhalla, es donde Odín recibe a los héroes muertos en combate. Los muros son brillantes espadas; las techumbres están constituidas por relucientes escudos, y dan acceso al lugar 540 puertas. Allí los héroes se entregan a un festín interminable, servido por las valquirias, o bien se embarcan en sus naves para pelear a la manera vikinga, pues las frágiles barcas de los navegantes nórdicos son constantes protagonistas de toda la tradición mitológica escandinava.

DRAGÓN O SERPIENTE. Animales fantásticos, elegidos por los vikingos, para sus barcos.

Los antiguos dioses nórdicos eran abundantes y variados. Odín era el padre de todos, dios de la guerra y la sabiduría y creador del rúnico, la primitiva escritura sagrada. Sus dos cuervos (el Pensamiento y la Memoria) le cuchicheaban al oído sin cesar, estando a menudo sus consejos encaminados a sugerirle que enviara a los navegantes a descubrir nuevas rutas o ricas tierras en que pudieran hacerse de un suculento botín. Su esposa se llamaba Frigga, la reina de los dioses. Le seguía en importancia Thor, dios del trueno, que con su gran martillo, símbolo de su fuerza, infundía místico pavor a los tripulantes de las barcas vikingas en las noches de tormenta y marejada. Otros dioses eran Frey, dios de la lluvia, el sol y los productos de la tierra; Freya, su hermana, diosa de la belleza y el amor; y Balder, el mejor y más bello de todos, señor de la luz y el verano, muerto por el muérdago (invierno). Sin embargo, la divinidad más importante para los navegantes normandos que se aventuraban por mares y ríos desconocidos era Niord, dios de las costas, el mar, la pesca y el comercio. Nunca los vikingos se lanzaron a una aventura náutica sin encomendarse previamente a Niord, el cual a todas luces respondió con creces a aquella fervorosa devoción, recompensándolos con la posesión de vastos territorios europeos y el hallazgo de lejanas tierras al otro lado del Atlántico.

A LA CONQUISTA DE EUROPA

Las incursiones vikingos sobre la Europa Occidental empezaron poco antes del año 800 y prosiguieron durante más de doscientos años. El primero de los invasores nórdicos cuyo nombre ha llegado hasta nosotros fue Turgesios, quien a partir del 795 se fue apoderando de la mitad de Irlanda. Hacia esa misma época, otros vikingos rodearon la costa septentrional de Escocia, se adueñaron de las islas Orkney y Shettland, y siempre depredando descendieron por la costa oeste, instalándose luego en la Escocia Sudoriental, el nordeste de Inglaterra y la Irlanda Oriental, utilizando la isla de Man como base central de operaciones en el Mar de Irlanda.

No encontrando, al parecer, las islas británicas lo bastante ricas como para satisfacer su desmesurada avidez de botín, los vikingos comenzaron a tentar suerte en otras regiones europeas a mediados del siglo IX. Así, remontaron los ríos Rin, Escalda y Sena, llegando el año 885 a asediar vanamente París con una gigantesca flota de setecientas barcas y cuarenta mil hombres. Antes, habían saqueado e incendiado las poblaciones de Roven, Nantes y Burdeos, sin que los reyes pudieran contener la ola invasora nórdica que amenazaba con destruir todas las grandes ciudades del reino franco, especialmente las situadas a orillas de vías fluviales.

Pero aunque los vikingos no estaban llamados a señorear permanentemente en Francia como lo hicieron en Inglaterra, supieron sí aprovechar la debilidad de los últimos reyes carlovingios para instalarse a lo largo del Sena en la región hoy llamada Normandía, bajo el mando de su jefe Rollón. En el año 912, el rey de Francia, Carlos el Simple, agobiado por las destructoras incursiones normandas, firmó con Rollón un tratado por el cual éste se reconoció su vasallo, a cambio del título de duque y de la cesión en feudo de dicha región. Los descendientes de estos normandos instalados en Francia fueron quienes conquistaron la totalidad de Inglaterra hacia 1066, conducidos a través del Canal de la Mancha por Guillermo el Conquistador.

El tratado del año 912 que reconoció el señorío de los vikingos en Normandía, señaló el fin de sus asedios contra Francia. Pero de ninguna manera puso término a sus expediciones navales, que como una serie de sucesivas oleadas, cada vez más poderosas, fueron abarcando ámbitos más extensos. Primero practicaron incursiones en España y luego en el Mediterráneo, tras pasar el estrecho de Gibraltar, culminando esos viajes con la conquista del sur de Italia y Sicilia, hacia el año 1090, y extendiendo también su dominio sobre gran parte de la costa del norte de África.

LOS VIKINGOS EN AMÉRICA

Más hacia el este, los vikingos suecos, a quienes se daba el nombre de varegos, penetraron profundamente en las tierras de los eslavos. Rurik, jefe de una de sus bandas, los rus, ocupó Novgorod, situado al sudeste de la actual Leningrado (San Petersburgo), tras penetrar con sus naves hasta el fondo del golfo de Finlandia. Los sucesores de Rurik, encabezados por su hijo Igor, descendieron hacia el sur e hicieron a Kiev capital de su reino, la futura Rusia, para más tarde avanzar hacia los mares Negro y Caspio, siguiendo el curso de los ríos rusos. Su espíritu aventurero impulsó a los varegos a lanzarse en sus barcas por el Dniéper y el mar Negro, hasta llegar a las mismas puertas de Constantinopla, mandados por el gran duque Olaf, después de haber navegado más de mil millas.

NAVE VIKINGA DE OSEBERG. Este navío fue restaurado en el museo de Oslo. Las incursiones vikingas sobre Europa Occidental empezaron poco antes del 800 y prosiguieron durante más de doscientos años consecutivos.

Pero si bien las incursiones de los vikingos hacia el este representaron un considerable esfuerzo náutico para su época, fueron sus expediciones hacia el oeste las que alcanzaron resultados más notables, pues culminaron con el hallazgo de tierras hasta entonces completamente desconocidas. Así, el vikingo Naddord descubrió Islandia, la antigua Tulé, en el año 861. En esta gran isla no tardaron en establecerse ilustres familias de Escandinavia, fundándose allí un floreciente Estado. Años después, en el 877, un navegante islandés, Gumbiern, avanzó hacia el oeste, y descubrió una costa muy montañosa, que muchos años más tarde, en 983, sería explorada por otro aventurero vikingo llamado Frico el Rojo, quien le dio el nombre de Groenlandia o "tierra verde".

EXPEDICIÓN A INGLATERRA. En el tapiz de Bayeux se relata la incursiónnormanda a Gran Bretaña en 1066. Los vikingos detuvieron por algún tiempo el largo proceso de civilización de siglos enteros con sus invasiones a Europa.

Frico el Rojo exploró durante tres años las costas de la inmensa Groenlandia hasta encontrar tierras habitables, a las que trasladó 25 naves de colonos reclutados en Islandia, de las que sólo llegaron catorce, naufragando las restantes en un temporal. Con los que llegaron, se fundó en Groenlandia una colonia, de la cual no tardaron en salir a su vez nuevas exploraciones.

Un islandés establecido en Groenlandia, llamado Bejarne, refirió a Erico que siendo arrastrado por una tempestad había divisado un país fértil al sudoeste. Como Erico el Rojo estaba ya muy viejo para hacerse a la mar, equipó una nave que confió al mando de su hijo, Leif Ericsen y la hizo aventurarse en aquella dirección. El viaje de Leif fue extraordinariamente fructífero ya que le permitió descubrir Helluland o
 "tierra de las piedras" (Terranova) y Markland o "tierra de la madera", la que corresponde a las costas de Nueva Escocia. Siguiendo más al sur, la expedición de Leif alcanzó la costa meridional de Canadá.

Así, pues, los vikingos fueron los descubridores de América, en cuyas tierras fundaron varias colonias. El más notable de los colonizadores normandos fue el islandés Thornfinn, rico comerciante que visitó Groenlandia y se casó con una hija de Erico el Rojo. Thornfinn inició la colonización de las tierras de América del Norte, encabezando varias expediciones que partiendo de Groenlandia e Islandia llegaron hasta las regiones que hoy corresponden a los Estados de Nueva York y Nueva Jersey, como lo atestiguan las ruinas y antigüedades escandinavas descubiertas en EE. UU.

Pero la colonización de las tierras americanas por los vikingos no pudo continuarse porque Islandia cayó bajo la dominación de Noruega, la cual la privó de sus libertades municipales y le prohibió todo comercio con el extranjero.

EFECTOS DE LAS INVASIONES VIKINGAS

Aparte de la proeza de haber descubierto América, las expediciones e invasiones vikingas tuvieron diversos significados. La influencia de sus incursiones en el continente europeo varió según los países, siendo más fuerte en Inglaterra, Escocia e Irlanda y más local y limitada en Francia, Germania e Italia. El primero y más claro de sus resultados fue la pérdida y destrucción de vidas y propiedades en una escala desproporcionada al reducido número de los atacantes. Por algún tiempo, los vikingos detuvieron el largo proceso civilizador de siglos enteros."Las ciudades están despobladas, los monasterios arruinados y quemados, la campiña reducida a soledad... Los hombres se devoran mutuamente como los peces en el mar", se lamentaba un eclesiástico del siglo X. Se dice que todas las poblaciones de Francia fueron destruidas una vez como mínimo por los vikingos, en el curso de los siglos IX y X.

Pero pese a las destrucciones que ocasionaron, las invasiones escandinavas fueron beneficiosas en muchos sentidos. La mezcla de sangre vikinga en los pueblos del nordeste de Europa fue un factor de gran trascendencia futura. Los vikingos, amén de su condición de guerreros, se revelaron como audaces aventureros extraordinarios marinos y hábiles comerciantes. Cuando sus actividades piratas declinaron, se dedicaron con gran ahínco a comercio, convirtiéndose en precursores del tráfico marítimo en gran escala, que tanto auge iba a alcanzar con el correr de los siglos.

CARRO VIKINGO. Réplica de un carro hallado cerca de Oseberg

Los escandinavos dieron muestras, asimismo, de amar profundamente la libertad. Aunque ilegales en su trato con los pueblos conquistados, concedieron, sin embargo, mucha importancia a los usos jurídicos, hasta el punto de que la palabra inglesa "law' (ley) es de neto origen escandinavo. En Islandia, los colonizadores vikingos llegaron a crear una Asamblea nacional de toda la isla, que fue el primer Parlamento de su género que existió en el mundo, con funciones legislativas y judiciales. Pero, por sobre todo, la importancia mayor de los vikingos fue que con sus viajes al oeste anticiparon mi movimiento naval que llegaría a ser de máxima importancia cuatro siglos más tarde, a partir de la gran travesía de Cristóbal Colón en 1492 en procura de "una nueva ruta hacia las Indias".







domingo, 22 de septiembre de 2013

Primeros Navegantes (parte 1)

PRIMEROS TIEMPOS DE LA NAVEGACIÓN


Comenzó con un simple tronco flotando en el río y siguió con la piragua, el remo, el timón, la vela y luego los aparatosos barcos cargados de remeros que recorren incesantemente el Mar Rojo, el Golfo Pérsico, el Mediterráneo, y que se aventuran por las columnas de Hércules.


PRIMEROS BARCOS EGIPCIOS. De haces de papiro o de juncos, estaban hechas las naves egipcias antiguas. En Mesopotamia se usaban odres inflados.

"LOS RÍOS SON CAMINOS QUE SE MUEVEN", ha dicho Pascal. ¿Tal vez esa misma intuición impulsó al hombre del paleolítico a vivir siempre cerca del agua? Al comienzo requería la cercanía del vital elemento —que aún no había aprendido a canalizar, almacenar o transportar— para sobrevivir en el mundo prehistórico de selvas, cavernas y gigantescos animales salvajes. Pero no cabe duda de que el espectáculo de un tronco caído y arrastrado por las aguas le sugiriera la posibilidad de moverse sobre ellas, de explorar y conocer nuevos horizontes.


ROSA DE LOS VIENTOS: Comparación entre la Antigua y las modernas fue el comienzo de la navegación. Un hombre aferrado a un madero flotante; más tarde, un hombre dirigiendo o retardando el movimiento mediante una gruesa rama que tocara el fondo. Luego vendría la balsa, hecha de troncos ligados con lianas, o el gran madero vaciado para formar una canoa. Estas primeras canoas aparecen ya en el año 25000 antes de Cristo. Más tarde, en el período neolítico, el ingenio humano descubre las materias bituminosas y barniza con ellas los cascos de madera para hacerlos impermeables, o extiende cueros sobre una liviana armazón de mimbre o caña. Estos botes, inventados por genios anónimos hace incontables siglos, el curragh irlandés, el koufa de los primeros habitantes de Mesopotamia, siguen siendo usados en las remotas caletas de Irlanda y en las riberas del Tigris y del Éufrates.

Pero el agua opone resistencia a la redonda proa de estos verdaderos canastos flotantes: aparece la piragua en forma de huso, estabilizada a veces por una viga paralela al casco. Es la canoa que aún hoy usan los isleños de la Polinesia. Y en los helados páramos polares, el esquimal inventa el insumergible
 kayak,verdadero saco flotante de piel de foca extendida sobre una armazón liviana de madera, en el cual se introduce el remero hasta la cintura: una embarcación veloz, ligera, maniobrable, que además protege al navegante de las heladas aguas septentrionales.

Una vez que los primeros navegantes se aventuraron fuera del resguardo natural de los ríos, se suscitó un nuevo problema: impulsar la embarcación en aguas marinas. En el tercer milenio antes de Cristo, o tal vez antes, surge la idea de utilizar la fuerza del viento para contrarrestar la fuerza del oleaje, y aparecen las primeras velas. En Egipto se conocen desde el año 3500 antes de Cristo, pero los eruditos estiman que el invento es mucho más antiguo aún: se sabe que en tiempos remotos, pueblos enteros se extendieron de archipiélago a archipiélago, y aun de continente a continente, en un Océano Pacífico a la sazón desconocido por los pueblos civilizados del Mediterráneo.

En el cuarto milenio antes de Cristo aparecen en el Egeo, las primeras naves de madera sólida impulsadas por velas. Mientras lo malayos fabrican velas de hoja de palmera y bambú, los fenicios utilizan tela de lino; pero la tecnología básica deriva de las antiguas canoas a remo que, alrededor del año 2000 a. de C., sustituyen en Egipto a las balsas de caña. Cinco siglos más tarde aparecen a primeras naves con un remo sujeto a la popa a guisa de timón, pero transcurrirán otros 800 años antes de que se invente el ancla.

LA LEYENDA DEL DILUVIO

El nacimiento de la navegación está profundamente enraizado una leyenda común a todos los pueblos del mundo civilizado: la del Diluvio Universal. Según una milenaria inscripción caldea, los dioses desencadenan la furia de los vientos y las aguas, pero el dios Ea desea salvar la vida de Shamashnapishtim, hijo de Ubaratuton y de su estirpe; para ello le aconseja fabricar un arca de gran tamaño, larga y ancha, sin remo: ni timón. En la versión bíblica, e: Jehová quien instruye a Noé para una empresa análoga: el Arca bíblica mide 157 metros por 26 está construida de madera calafateada con betún y cuenta con tres puentes y ventanillas. En todo caso, no cabe duda de que vario: milenios antes de Cristo se conocían ya -los principios básicos de la construcción de naves.


ASTILLERO NAVAL EGIPCIO: en el bajo relieve se distingue a los contramaestres y obreros trabajando en los barcos, provistos de diversas herramientas.


Entre el II y el III milenio antes de Cristo, la marina egipcia explora el Mar Rojo: mil años antes de la guerra de Troya, la flota del faraón Sahuri navega a lo largo de las costas africanas, y más tarde, la reina Hatshepsut, envía sus barcos hacia el sur, donde descubren el País del Incienso (Somalia). Ha nacido la sed de exploraciones, precursora de la gran epopeya marina que descubrirá al otro lado del globo, un gigantesco continente insospechado América.

Las naves de la reina Hatshepsut regresan cargadas de exótico animales e insólitas mercancías maderas preciosas, metales, mono
hasta una pantera. Al mismo tiempo, barcos de Mesopotamia exploran las márgenes del golfo Pérsico, a la búsqueda de cobre piedras preciosas y marfil. Todo in mundo nuevo se abre tras el horizonte, y para conocerlo se necesitan barcos y más barcos.

La flota egipcia domina el Mediterráneo oriental. Sus naves se construyen con madera de cedro libanés, adquirida a los habitantes de la ciudad fenicia de Biblos: los primeros grandes navegantes y mercaderes de la Antigüedad.

¿Quiénes fueron los fenicios? Desde comienzos del tercer milenio pre cristiano, este pueblo semita había ocupado una franja de 40 kilómetros de ancho en la costa palestina: sus ciudades, enclavadas en pequeñas bahías separadas por promontorios rocosos, sólo podían comunicarse entre sí por vía marítima, y a sus espaldas se extendía el desierto y las montañas.


TRIRREME ROMANO. Era semejante al trirreme griego, aun cuando los dibujos de la época no nos proporcionan informaciones precisas.


Orientados hacia el mar, los habitantes de Acre, Sidón, Tiro y Biblos convirtieron su país en verdadera encrucijada comercial del mundo: Fenicia era camino obligado entre el mar y el desierto de Siria, ruta ineludible entre Sinaí y Egipto por una parte, Mesopotamia y Asia Menor por la otra.

Ya en tiempos remotos los fenicios exportan a Egipto madera de cedro y pino, aceite, resina, sustancias aromáticas. El futuro les reserva un esplendor sin límites: sus flotas llegarán hasta Malta, Cerdeña, Ibiza, Cartago y Cádiz. Sus temerarios piratas y navegantes llevarán por todo el mundo conocido sus naves cargadas de mercancías: vasijas y copas, joyas y esclavos, ganado de la Mesopotamia y ungüentos egipcios, vidrio y púrpura... En tierra quedan las mujeres, los niños, los ancianos, construyendo siempre nuevas naves, que llegarán hasta las columnas de Hércules y se aventurarán en las mismas fronteras del mundo conocido.

EL MAR Y LA HISTORIA

Pero aún falta mucho para que los fenicios lleguen al apogeo de su gloria. En tiempos del Imperio Nuevo (1500 a. de C.), es Egipto el amo del Mediterráneo oriental.


BARCOS COMERCIALES SIRIOS. La tripulación se dedicaba a aferrar las velas. La importancia de los personajes se puede medir por el tamaño en que estánrepresentados.


El faraón Tutmosis III organiza, no menos de 18 expediciones militares a Siria, transportando sus tropas en grandes naves todavía desprovistas de quilla. Cobre de Chipre, incienso y marfil de Somalia, telas sirias, todo llega a tierras egipcias a bordo de naves mercantes. Y los muertos remontan el Nilo en grandes barcazas funerarias, adornadas por una estilizada flor de loto en la proa, tras la cual se yergue el pabellón con la momia: le siguen los barcos de los dolientes, los amigos, los portadores de dones para los dioses.

Pero la historia de la civilización se enraíza, ahora, menos con los grandes ríos que con el dominio del océano. Creta es la primera auténtica potencia marítima: los egipcios llaman a los cretenses "el pueblo de las islas del centro del mar".
 

Sus naves, provistas de ensambladura y quilla, van y vienen entre Sicilia y Siria llevando vasijas y trayendo objetos de lujo para adornar sus maravillosos palacios. Piezas de cerámica cretense han sido encontradas en la costa de Siria, en Egipto, cerca de las ruinas de Anibeh en Nubia, en el norte de África. La influencia cretense se extendió por todo el Egeo; en 1460 a. de C. los aguerridos marinos de Creta fueron dominados por los griegos de Micenas, y poco después una nueva oleada de invasores desde el Norte destruyó la capital cretense de Cnosos, y la isla se convirtió en una provincia más de Grecia.

Sin embargo, la tradición marítima de Creta no desapareció de la noche a la mañana. Ahora que los micenianos, cuyo centro de poderío se encontraba situado hacia el oeste en la península griega propiamente tal, se habían apoderado de la isla, el comercio marítimo heleno-cretense se extendió hacia occidente, llegando hasta Marsella y la costa española. La prosperidad de sus líneas de comercio marino creció hasta alcanzar nuevas cimas de fastuosidad y poderío.

Tras el florecer de la navegación en aquellos primeros tiempos, vino una súbita decadencia. Oleada tras oleada de nómades norteños asoló la soleada península griega: bandas de saqueadores destrozaron el sistema de comunicaciones, cuyo funcionamiento, por tierra y por mar, era tan vital para Micenas. A la destrucción de las ciudades siguió un éxodo masivo: muchos de sus habitantes se dedicaron a la piratería, recorriendo las costas a la búsqueda de los lentos barcos mercantes. La invasión dórica terminó por liquidar la floreciente civilización de Micenas, sucesora de Creta.

Los "pueblos del mar", griegos desposeídos, aventureros, piratas, fueron, durante el período siguiente, el terror de las poblaciones costeras de Grecia, Siria y Palestina. En 1190 a. de C. organizaron una verdadera invasión a Egipto, tras numerosas y afortunadas incursiones de pillaje: fue necesario todo el poderío de la marina de guerra del faraón Ramsés III para impedir sus desmanes, tras una batalla naval que ensangrentó las costas del Delta. Algunos historiadores identifican a estos "pueblos del mar" con los filisteos, que poco después llegaron a establecerse a Palestina.

Tras la caída de Micenas el poderío marítimo pasó a manos de Fenicia. La guerra de Troya, primer gran conflicto entre potencias económicas rivales que chocaban por el dominio de las rutas marítimas a Oriente, integró la conquista de los mares a la leyenda: los héroes de Homero recorrían el océano en livianos y veloces barcos de guerra con una hilera de diez remeros en cada costado, un mástil y una gran vela cuadrada, mientras los fenicios extendían la red de su comercio marítimo por todo el Mediterráneo. Homero, en "La Odisea", les canta: "He aquí que vienen los fenicios, hombres famosos por sus naves, bandoleros codiciosos, portadores de innumerables fruslerías en sus negros barcos..."

Las "fruslerías" eran plata, plomo, hierro, y las naves fenicias buscaron estaño en Inglaterra y materia prima en todas las costas. Mientras los comerciantes establecían factorías, verdaderas "puertas de entrada" a los territorios costeros, otros navegantes arrendaban sus flotas a los faraones egipcios y exploraban por orden de los soberanos del Nilo las costas africanas. Seis siglos antes de Cristo, una flota fenicia comisionada por el faraón Necao bordeó el Continente Negro de este a oeste; un siglo después, el cartaginés Hannon sembró de colonias la costa occidental del África. Cartago, colonia fenicia, estableció sus propias colonias en Sicilia, Cerdeña, España. La red del comercio marítimo se extendía ya como una telaraña por todo el mundo conocido.

LAS COLONIAS GRIEGAS

Hacia el año 800 a. de C., cuando la paz había vuelto al Mediterráneo, los griegos ya habían inventado el navío que sería utilizado en los próximos mil años: el birreme con cubierta y puente de mando, perfeccionado durante los dos o tres siglos siguientes.
 

Entre los años 750 y 550 a. de C., estas naves realizaron innumerables expediciones y establecieron cerca de 250 factorías, desde Bizancio hasta Marsella: poblaciones enteras solían emigrar, a bordo de verdaderas flotas de transporte, para fundar una nueva patria al otro lado del mar. La flota de Mileto rodeó el Mar Negro de un cinturón de colonias; Corinto fundó Siracusa y otras cabezas de puente de la civilización helena, en Sicilia e Italia meridional. Una vez más el mar y los barcos extendían las fronteras del mundo civilizado.

Simultáneamente, los focenses de Asia Menor invadieron el Mediterráneo, pero no con barcos comerciales, sino con flotillas de guerra. Se abrieron paso hasta las costas atlánticas de España; más de una vez les salieron al paso las naves cartaginesas, empeñadas en mantener su hegemonía sobre el Mediterráneo occidental. A fin de limitar las exploraciones de sus enemigos, los marinos de Cartago cerraron el paso por las columna: de Hércules, el estrecho de Gibraltar, a toda embarcación: sólo más tarde, en el siglo IV a. de C. un navegante griego de Marsella de nombre Piteas, logró pasar e estrecho y recorrer las costas de Francia e Inglaterra, llegando hasta el estuario del Elba y tal vez hasta Escandinavia.

El florecimiento del comercio marítimo contribuyó a desarrollar cada vez más el arte del constructor de barcos. El vino, el aceite y el trigo eran transportados en anchos y lentos barcos a vela, mientras flotas de veloces birremes mantenían en jaque a piratas y flotas rivales. Un espolón de bronce en la proa permitía a las naves de guerra embestir al adversario y provocar su hundimiento; el trirreme, con tres hileras de remeros a cada lado, maniobraba con mayor velocidad aún.

Durante muchos siglos los barcos de guerra serían impulsados por remeros, mientras que los navíos comerciales, más sólidos, dependían de los vientos. Pero siempre sería el trirreme el que se mantendría como rey de los mares; su uso se generalizó entre el siglo V y el IV antes de Cristo.

Fueron flotas de trirremes las que combatieron en Salamina en el año 480 a. de C., después de que Jerjes, rey de los persas, invadió Grecia y se apoderó de Atenas. Ante el gigantesco imperio persa, la pequeña Grecia no parecía tener la menor posibilidad de vencer; pero el estratega Temístocles inspirado por un oráculo que le aconsejara defenderse con "muro de madera", atrajo la enorme flota de Jerjes al estrecho de Salamina y la destruyó completamente.

La victoria significó a Atenas convertirse, por espacio de más de un siglo, en dueña de los mares. En el puerto del Pireo anclaban no menos de 400 naves, y docenas entraban y salían cada día. Atenas se había convertido en el más importante centro comercial de la época. Pero su gloria sería breve: las guerras del Peloponeso, que duraron casi tres décadas, desarticularon su magnífica marina, y cuando en el año 415 la flota ateniense intentó apoderarse de Siracusa, perdió 200 barcos y 50 mil hombres. Menos de cien años después Grecia caía ante los macedonios y su luz se apagaba para siempre.

Los sucesores de Alejandro Magno perfeccionaron tanto los navíos de guerra como las embarcaciones comerciales, pero la tendencia principal consistió en aumentar su tamaño. A fines del siglo III a.de C., la flota de Tolomeo VI contaba con una galera impulsada por 4 mil remeros: un monstruo de los mares, de más de 135 metros de largo.

TEMÍSTOCLES. Inspirado por un oráculo, atrajo la flota de Jerjes al estrecho de Salamina y gracias a su gran estrategia la destruyó completamente.


Entretanto Roma había aprendido a utilizar los birremes y trirremes de estilo griego; sin embargo los romanos preferían el combate terrestre, y sólo improvisaron una primera flota de guerra el año 264 a. de C., durante su primer choque con los cartagineses. Las guerras púnicas terminaron con una clara supremacía naval del nuevo Imperio: los romanos habían inventado un arma temible: el "corvus", plancha móvil sembrada de garfios que permitía inmovilizar y abordar las naves enemigas.

La primera gran flota romana, sin embargo, sólo se construyó en tiempos de Augusto: durante la República, Roma prefirió utilizar los barcos de sus aliados. Tras eliminar uno por uno a los pequeños reinos griegos, la nueva capital del mundo se apoderó del tráfico comercial con el Oriente, y a partir de entonces pasó a ser la mayor potencia marítima del mundo.

Los piratas, sin embargo, seguían dando que hacer: sus constantes incursiones desquiciaban el floreciente comercio marítimo. En una magnífica campaña que duró apenas tres meses, Pompeyo, en el año 67 antes de nuestra era, limpió el Mediterráneo de los intrusos; a partir de entonces el mar que bañaba las costas de todo el mundo conocido pasó a llamarse
 Mare Nostrum, nuestro mar, para los orgullosos romanos. El emperador Augusto cimentó el poderío naval del Imperio organizando una marina tripulada por expertos navegantes griegos, fenicios y egipcios. En el año 42 de nuestra era  se construyó el puerto artificial de Ostia, que para convertirse en centro del tráfico marítimo, desde el Mar Negro hasta el Canal de la Mancha.

Flotas romanas circunnavegaron la India para llegar hasta Malasia, Sumatra, Java y las costas de China; una línea regular de transporte       llevaba trigo entre Alejandría y la capital del Imperio. Fuera de varios cientos de toneladas, llevaban numerosos pasajeros; en un naufragio narrado por el apóstol San Pablo, el autor consigna que a bordo había 267 personas.

Roma siguió siendo dueña de los mares hasta el paulatino desmembramiento de su poderío. Pero entre tanto más allá del horizonte, otros pueblos desconocidos        se aventuraban sobre la superficie oceánica en embarcaciones mucho más frágiles que los sólidos navíos imperiales.

LA NAVEGACIÓN EN CHINA Y ORIENTE

Tres siglos antes del nacimiento de Cristo, pueblos polinesios de cuya historia se sabe muy poco fueron arrojados del Asia y se desplazaron hacia el Este a través del Pacífico, de archipiélago en archipiélago, dejando núcleos de población en cada isla. La increíble peregrinación duró mil años, y en algunos trechos, como entre las Marquesas y Hawai, las grandes flotas de cientos de piraguas recorrían más de tres mil kilómetros sin tocar tierra.

Los antropólogos y arqueólogos han llegado a la conclusión de que los nómades marítimos de la Polinesia utilizaban gigantescas piraguas dobles, provistas de velas e impulsadas hasta por 50 remeros. En el centro se alzaba una plataforma donde se refugiaban mujeres, niños y animales domésticos. El itinerario de estas migraciones oceánicas constituye uno de los grandes misterios de la historia.

En China, desde tiempos muy remotos, existían juncos capaces de navegar por los grandes ríos y a lo largo de las costas. Algunos eran de gran tamaño: en el siglo XIII, Marco Polo hablaba de juncos provistos de un puente bajo el cual existían "
sesenta pequeños camarotes amueblados, uno para cada mercader". El diseño, por otra parte, no había cambiado durante muchos siglos.

Veleros de cinco mástiles se desplazaban por los ríos de Caray cuando Europa sólo conocía primitivas balsas de troncos. El timón, la brújula, puentes y camarotes pertenecían al equipo corriente de una embarcación china mucho antes de que las flotas occidentales llegasen a tan alto grado de desarrollo, y fue sólo gracias a los árabes, quienes durante milenios hicieron de intermediarios entre Oriente y Occidente, que la navegación europea comenzó a desarrollarse definitivamente.

Los propios árabes dominaban el comercio con Oriente durante la Edad Media: traficaban entre China y Occidente en suntuosos barcos equipados con brújulas chinas y ricamente adornados. En Bagdad, una de sus capitales, en una época en que su imperio abarcaba desde España hasta la India, confluían sedas y jades chinos, especias de Sumatra, tinturas traídas de la India, rubíes, pieles, esclavos, miel, mercancías llegadas desde Rusia, Escandinavia, Asia Central. Con barcos adquiridos en Levante y marineros egipcios y sirios, los árabes pudieron conquistar, en el siglo IX de nuestra era, Chipre, Creta y Sicilia, y sólo la flota bizantina les impidió apoderarse de Constantinopla.

Sobre los escombros del Imperio Romano, entretanto, descendía la bárbara noche medieval. Mientras Constantinopla se enorgullecía de sus "dromons", grandes galeras birremes impulsadas por un centenar de remeros, equipadas con "fuego griego" para incendiar las naves enemigas, y los árabes protegían sus naves con planchas metálicas, dando nacimiento a los primeros acorazados, los descendientes de Grecia y Roma se hundían en la barbarie venida desde el Norte. El fin de la estirpe carolingia marcó el eclipse de la civilización occidental, dejando el campo, y los mares, a Bizancio y a los árabes.

Pero desde el Norte comenzaron a llegar nuevos marinos, exploradores y mercaderes: hombres altos y barbudos que traían pieles, esclavos, dientes de foca desde sus guaridas perdidas en las latitudes septentrionales de Escandinavia. Desde fines del siglo VIII de nuestra era, sus "drakkar", largos y esbeltos barcos con proa de dragón, habían explorado las islas del Atlántico Norte, las Faeroe, las Shettland, Irlanda, Islandia, Groenlandia... Con el correr del tiempo llegarían a Rusia, donde les llamaban "varegos", al Norte de Francia, a Inglaterra, a todos los mares conocidos; en Italia implantarían un imperio que llevaba el nombre por el cual los conocían los pueblos europeos: normandos, hombres del Norte.

Estos fabulosos marinos escandinavos, tal vez los más grandes exploradores marítimos de la historia, son recordados hoy con un nombre que resuena con los ecos salobres de los grandes océanos: los vikingos, herederos de los navegantes de la antigüedad, símbolo perenne de la pasión humana, por el mar, los barcos y la navegación.